jueves, 8 de diciembre de 2011

Hace un ratito que Bombón se ha quedado dormidita. Ha pasado un rato malo por la tarde, llorando sin saber por qué (sin saberlo yo, ella probablemente lo tenía muy claro.. pensar en un bebé que hable es una idea un poco... espeluznante, ¿no creeen?.. pero ¡resultaría tan útil en ocasiones!)..

El caso es que aquí estoy, dándole vueltas al libro que estoy leyendo. Me resulta impensable que, no hace tanto tiempo, hubiese unas diferencias tan marcadas y denigrantes entre blancos y negros. Me produce rabia, impotencia, incredulidad.. y sin embargo sé que no es una situación que haya cambiado tanto como me gustaría suponer en nuestros días. Todavía hay quien, basándose en vaya-usté-a-saber-qué se cree superior al otro, y lo peor es que esa gente se reproduce y crea pequeñas bombas de odio a su imagen y semejanza..

.. y no puedo evitar, con todo lo egoísta que pueda parecer, pensar en Bombón, y en que, a parte del cáracter propio que ella traiga de serie, la educación que reciba de nosotros, y lo que es más importante, las actitudes que nos vea, e incluso aún más importante, las que perciba sin estar claramente expuestas, la va marcar de un modo u otro de una forma indeleble..

No me asusta esa responsabilidad, al contrario, me estimula, y además me apetece (¿suena raro?.. bueeeno..) porque si hay algo que tengo claro es que a mí, Bombón, me gusta. No es solo que la quiera con todo mi corazón, no, es que me gusta, me provoca curiosidad, quiero estar ahí para verla crecer, quiero participar en ese crecimiento en la medida de lo posible. Bombón es el mejor libro aún no escrito que conozco, y quisiera poder proveerla de buenos argumentos para que todas y cada una de sus historias se encamines, en la medida de lo posible, hacia ess ansiado final feliz, que en este caso no sería más que una cadena continua de comienzos, pues no se deja de crecer jamás..

Y desearía poder inculcarla el orgullo, y hasta me atrevería a decir el deber, de llevar siempre la cabeza bien alta, pues todas sus acciones (y sus no-acciones) estén hechas con el corazón limpio, sin tener jamás la intención de herir a nadie, mucho menos si ese daño es gratuito. Ni ella ni yo podemos evitar que se equivoque, ni tampoco lo pretendo, que de todo se aprende, pero al menos, al menos, que tenga el valor de reconocerlo cuando se de cuenta, de pedir perdón si es necesario, de hacer todo lo que esté en su mano para que cuando llegue el inevitabe "The End" definitivo ella pueda abandonar su propia historia, como ya he dicho, con la cabeza bien alta..

Ahora eso sí, las cosas que a mi niña le hagan levantar la barbilla, tendrá que elegirlas ella..

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